Dumesnil
El sábado cumplía años Dorita, hermana putativa de Lore, así que fuimos a su casa en Villa Allende a celebrarla. Por varias vueltas de las cosas terminé yendo a Calera un par de veces para traer y llevar gente, y las dos veces pasamos por la cementera Hércules abandonada en Dumesnil. La segunda vez iba con José en el auto, y le comenté que cada vez que paso por ese tipo de predios me agarra un no-sé-qué; él dijo «nostalgia», pero no es eso: nostalgia es, creo, querer cosas que uno mismo ha tenido, pero perdido. Uno puede tener nostalgia del barrio en el que creció, o de los abuelos, y así, pero no de una fábrica que cerró a mediados del siglo pasado, antes de que yo naciera, y que no significa nada en mi vida ni en la de mi familia (en las últimas tres generaciones al menos—antes de eso, es probable que haya tenido algo que ver; quien sabe). Y me pasa lo mismo con la estación Mitre, con todas las estaciones pintorescas y amoníacas de las sierras, con las vías mismas; es una versión pequeña de la sensación que tengo cuando visito ruinas jesuíticas, sumada a la sensación de que tendría que poder hacer algo para remediar esto, para aprovechar ese desperdicio de materiales y esfuerzos, para darle trabajo a la gente que aún hoy ronda el lugar rebuscándose una vida, y la impotencia y sensación de menosvalía por no tener la más pálida idea de las acciones a tomar para realizar eso, más la certeza de que no debo ser la persona indicada para hacerlo por más razones de las que podría enumerar aún si tuviera la disposición de empezar a hacerlo.
Nostalgia, dijo. Y quizás sea que no hay otra palabra, pero el castellano me vive sorprendiendo con las palabras que tiene para describir lo emocional. ¿Por qué no hay diccionarios invertidos online?